De chigres y bufetes (palabras que ya no son lo que eran)

Por , el 10 febrero, 2014. Categoría(s): Curiosidades ✎ 1


Resulta curioso pensar que el término chigre, asociado en Asturias automáticamente con una sidrería de las de solera, con serrín en el suelo y mozos escanciando culines «como Dios manda» detrás de la barra, tenga en realidad un origen marinero. Y es que al parecer, en los barcos existe un artilugio llamado «chigre» que consta de una especie de molinete que gira a mano (con la ayuda de una manivela) que se usa para enrollar cabos, o a modo de polea para subir trastos a bordo. Si lo preferís, podéis pensar en una especie de cabrestante manual, para visualizar el aparato.

Bien, los primeros abrebotellas que aparecieron en las sidrerías, contaban con una manivela que a algún marinero debió recordarle la propia del chigre del barco, y por eso empezaron a llamar «chigres» a aquellos artilugios de descorche. Finalmente y por extensión, el aparato para abrir las botellas terminó dando nombre a toda la sidrería, de ahí que ahora en Asturias nadie – salvo los pescadores o los amantes de la historia tabernaria regional, que habeilos haylos – haya oído hablar alguna vez del aparejo náutico que dio nombre a nuestras tradicionales sidrerías.

La cosa tiene su gracia porque suelo ir a Casa Lin todas las semanas a tomar un caldín de marisco, especialmente ahora en invierno «que ye cuando más apetez», y hasta hoy nunca había visto el aparato que os muestro en la foto, sin duda uno de los chigres más antiguos de Asturias. Sobre él, un cartel colgado en la pared desde hace probablemente varios lustros explica el origen marinero de la palabra chigre. Yo hasta hoy me tenía por observador, pero está claro que voy por el mundo como un burro con orejeras.

Cambiando completamente de tercio, otro caso curioso de palabra con acepciones diferentes cuyo significado inicial parece haber desparecido ya del habla popular, es el del fuelle empleado para soplar aire y avivar las brasas en las chimeneas. A ese aparato, realizado normalmente con madera y cuero, se le denominaba en muchas zonas del interior de España el bufete, debido al ruido o «bufido» que hacía cuando se le usaba para oxigenar el fuego. La RAE sigue conservando esta acepción:

bufete2. (De bufar).|1. m. ant. Fuelle (|| para lanzar aire).

Pues bien, según puedo leer en una vieja crónica del diario «La Opinión» de La Coruña, en algunos pueblos de Aragón la socarronería popular dió en aplicar al culo el término «bufete», debido probablemente a la «ruidosa» similitud de nuestro particular fuelle trasero cuando se esfuerza en «lanzar aire».

Para mi desternille, la crónica gallega antes citada cuenta la historia de un mozo aragonés que tras hacer la mili como escribiente, llegó a Madrid recomendado por uno de sus mandos para empezar a trabajar en un conocido despacho de abogados de la capital. Las crónicas dicen que su futuro jefe, tras enseñarle su despacho le encomendó ordenar sus papeles y realizar ciertas tareas sencillas propias de un escribiente de la época.

«Eso sí«, le comentó el abogado al maño para concluir, «todos los días, antes de salir, tendrás que limpiarme un poco el bufete«.

«Eso se lo va a limpiar su abuela«, dijo el aragonés antes de marcharse destemplado dando un gran portazo.

Y es que como digo en el título de este post, hay palabras que ya no son lo que eran…



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