Un poco de historia sobre inmunología

VariolaciónReconozco que me siento fascinado por todo aquello que tenga que ver con el sistema inmunológico y sus “extrañas” alianzas. ¿Sabíais por ejemplo que algunos virus que habitan en nuestras mucosas (por ejemplo los fagos que se adhieren a nuestro intestino) combaten de su lado contra los patógenos?

Y es que hay muchos datos sorprendentes relacionados con el sistema inmunológico, como bien se cuenta en un muy recomendable compendio en LiveScience de 11 de estas curiosidades.

¿Sabíais por ejemplo que esta línea de defensa que nuestro cuerpo establece contra los patógenos está despertando mucho interés entre los oncólogos? En efecto, la medicina moderna ha vuelto su mirada hacia el sistema inmune con la esperanza de “entrenarlo” para que sea capaz de reconocer a los tumores como amenazas letales, y comiencen a combatirlos. De hecho os hablé de inmunoterapia hace escasos meses en este mismo blog.

Pero vamos con un poco de historia. Afortunadamente hemos avanzado mucho desde los tiempos previos a la teoría de los gérmenes, y es que aunque casi lo hayamos olvidado, durante 2000 años y hasta el siglo XIX, en Europa la corriente médica predominante se basaba en la completamente acientífica teoría de los cuatro humores.

Aquella desacreditada teoría proponía que el cuerpo humano se componía de cuatro sustancias líquidas o humores: sangre, bilis, bilis negra y flema. Cuando el cuerpo mostraba un exceso o defecto en una de estas cuatro sustancias, llegaba el temido desequilibro de humores, y con él las enfermedades. Esa era la causa por la que los médicos solían recurrir a las sangrías (y me refiero a extraer sangre, no a la bebida a base de vino y fruta) como solución a casi todos los males de sus pacientes. Teniendo en cuenta el dineral que costaba contratar un médico en aquellos tiempos, es irónico pensar que te ‘desangraban’ la cartera para hacer lo propio con tus reservas de hemoglobina.

En fin, los occidentales solemos tender a pensar en nuestras sociedades como las más avanzadas científicamente del planeta desde tiempos inmemoriales, pero conviene recordar que mientras que en Europa recurríamos a salvajadas como las citadas en el anterior párrafo, en otros lugares de la Tierra como China, la experimentación había llevado a grandes triunfos con enfermedades como la viruela.

Plaga de Atenas En efecto, antes de que Edward Jenner desarrollase la primera vacuna a finales del siglo XVIII, la inmunidad era un concepto comprendido e importante en el mundo antiguo. Los griegos lo sabían perfectamente, y de hecho durante la plaga que asoló a Atenas en el año 430 a. de C., estos se dieron cuenta de que aquellos que habían sobrevivido a un brote anterior de viruela se volvían inmunes, por lo que recurrían a estos supervivientes para que atendiesen a los que enfermaban.

Los curanderos chinos, como he dicho antes, también tenían nociones sobre inmunidad a la viruela. En el sigo X (véase la ilustración que abre el post) estos sanadores inoculaban costras resecas de viruela en la nariz de pacientes sanos, que de este modo contraían una forma suave de la enfermedad de la que solían recuperarse. En realidad aquello era un poco jugar a la ruleta rusa, porque no todos los inoculados lograban sanar, pero el índice de supervivencia era indudablemente mucho mayor que el que se daba cuando llegaba una plaga.

Este proceso, llamado variolización se extendió a Europa y sus colonias en el siglo XVIII, y a pesar de los riesgos que entrañaba salvó muchas vidas. Afortunadamente, como se cuenta en el recomendable artículo de Juan Pascual ¿Por qué las vacunas deben su nombre a las vacas?, Edward Jenner mejoró la técnica de inmunización a la viruela con la ayuda de nuestras amigas bovinas.

No obstante ¡bravo por los chinos! Ahora que el señor Trump se empeña en despertar el miedo al extranjero, es muy recomendable recordar “historias orientales” como las de los citados curanderos chinos, o las del enorme sentido común de Al-Razi.

Convivir nos hace más sabios.


2 Comentarios

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DarylDaryl

Ya, pero resulta que los atrasados (por el conocimiento), salvajes (por la prácticas) y supersticiosos (por la creencia) europeos en 200 años eliminan la viruela, identifican, depuran y extienden el mecanismo de la vacunación a otras enfermedades.

Casi siempre que se habla de un invento o práctica resulta que los chinos ya lo usaban centenares o miles de años antes: pólvora, brújula, imprenta o vacunas.

Pero el caso es que por alguna u otra razón: estructura social, condicionamiento cultural, creencias supersticiosas (nosotros con los humores y ellos con su chi) esos conocimientos se quedaron estancados o reducidos a una minoria (la clase gobernante, como siempre) que impidio su extensión y divulgación al resto del pueblo. Mil años aplicando costras y tiene que venir un inglés que se dedica a realizar perrerias a sus cobayas humanas (impensable de realizar hoy en dia) el que desarrolla una vacuna viable.

Y no solo eso, apenas 6 años más tarde se organiza la española expedición Balmis (tambien impensable hoy en dia) para extender la vacuna a todo el mundo (y no dejarla reducida a una casta o reservarla como arma militar) que tras recorrer varios paises americanos y Filipinas acaba vacunando contra la viruela en….China.

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