De tardes felices, Riojas sublimes, Proust y magdalenas

Miércoles 24 de junio, son las 22 horas, España acaba de perder contra EE.UU. en la Copa Confederaciones y a casi todo el mundo se le ha quedado cara de tonto. El teléfono suena, es mi hermana que ha venido de Londres a pasar unos días en mi casa con su chico. Quedamos en El Pañol, un sitio pequeño y coqueto en la Plaza del Carbayo nº 1 de Avilés del que soy habitual y en el que el buen vino y la cocina creativa son marca de la casa.

Hago otra llamadita y mi primo Alberto – lo más parecido a un antidepresivo sobre dos patas – se une al grupo. Comenzamos a hablar animadamente mientras apuramos unas rondas de vinitos de Navarra (Otazu para ser más exactos). ¿Quién se acuerda ya de la pifia defensiva de Sergio Ramos? Luego una cosa lleva a la otra y pedimos una ración de Morcilla de la Bicha con huevo y ‘patatines’ (en Asturias llamamos Matachana a este untuoso embutido leonés) y la acompañamos de otra de tacos de bacalao con pimiento confitado.

La agradable conversación deriva hacia el habla típica de los asturianos. Javi (mi cuñado) es de Granada, así que es inevitable que nos riamos cada vez que intenta imitar nuestros:

-«Home calla, nunca tal vi».
– «¿Qué ye? ¡Ho!»
– «¿Qué diz ese mazcallu? Ni casu, ye fatu perdíu».
– «Mari, la guaja afuégase con esi vestido. Tien el pescuezo apretau abondo. ¿Escotareilo?»
– «¿O ta pá? Pá ta pa Ponga. ¿O ta má? Má ta pa Colunga. ¿O ta tío Mon? Tío Mon ta pa Taramundi»

El pobre Javi debe pensar que en Asturias se habla Swahili. Luego comienzan las historias granadinas, también con su típico acento. «Mari Carmen, ehte Risotto con Shiitake a mi me zabe a arró con zetah». Y vengan más risas. Para entonces del bacalao y de la morcilla ya no quedaban ni las migas. Se estaba haciendo bastante tarde, así que ya estábamos pensando en dejar que Gerardo fuese cerrando el local que regenta, pero entonces nos dijo: «esperad, antes de que os vayais quiero que probéis una cosa». Y sin más puso sobre la barra cuatro copas de Baigorri de Garage (año 2005) y se hizo el silencio.

De Marcel Proust, autor de la famosa serie de novelas El Tiempo Perdido, todo el mundo recuerda su episodio con la magdalena, expresión magistral de como un sabor puede hacerte viajar en el tiempo y traerte a la mente sensaciones casi olvidadas. ¡Justo lo mismo que yo estaba experimentando con aquel vino! Y eso que jamás lo había probado con anterioridad. (Debo decir además que llevo 2 semanas sin fumar, lo cual probablemente haya multiplicado mi capacidad gustativa).

Nunca he realizado prácticas de cata y desconozco el refinado lenguaje de enólogo. Quisiera decir cosas elogiosas mezclando palabras técnicas como cuerpo, tempranillo, bouquet, taninos, maderas de roble, etc. enumerando veinte o treinta rasgos del caldo, pero como he dicho no domino la prosa vinícola. Tampoco me importa… porque en cuanto probé aquel maravilloso Rioja la boca se me llenó de aromas de compota de pera, la misma que mi abuela Carmina hacía cada navidad.

Y con la compota vinieron las croquetas, el rollo de bonito, la empanada de pasta de pan, las patatas rellenas, los frixuelos, el arroz con leche, el pote asturiano, y el fabuloso tronco de galletas hojaldradas, almendra molida y chocolate. Y me volví a descubrir con 5 años en el patio familiar del Bar Florida en el Alto Vidriero, acariciando a un perro cuyo nombre no recuerdo y que se me escapó un día en pleno paseo para nunca volver; casi tocando los amarillentos carteles de ferrocarriles que forraban las paredes; jugando en la vieja rana a cuya boca lanzábamos discos de plomo. Oí por momentos la mezcla de acentos (andaluz, extremeño, salmantino, gallego) de los trabajadores de Ensidesa que venían desde el vecino Barrio de la Luz a tomarse un chato. Y también recordé el repetidísimo chiste del «carchuto» que mi querido abuelo Constante contaba a los parroquianos mientras les servía pintas de mosto y botellines de Aguila Negra. Y los pantalones cortos a cuadros de mi hermano mayor; y una vieja moto de juguete hecha de latón (a la que había que dar cuerda de forma ruidosa) que aún debe andar por la bohardilla que mi abuelo construyó con sus propias manos. Y evoqué la inacabable extensión de prados (hoy urbanizados) que nos separaban de Avilés; el renault 8 de mi padre aparcado al otro lado de la calle; los paseos con mi amigo Fran calle del Carmen abajo… camino de la guardería Casa Amparín en Villalegre. Y una vez allí volvieron los pegajosos manteles de hule sobre los que garateábamos los cuadernillos Rubio de caligrafía, y la voz de aquella anciana maestra amenazándonos con el cuarto de los ratones. Y recordé también los ojos azules de mi madre soñando ilusionada con el inminente piso que habría de sacarnos de aquel barrio para acercarnos a Avilés, y las patillas de mi padre… y sus pantalones acampanados manchados del polvo del puerto.

Y eso no tiene precio.

La botella de Baigorri si, según veo cuesta unos 40 euros en Vinissimus, pero eso queridos amigos es lo de menos. ¡Encontré mi magdalena de Proust!

Pd. Me he sentido obligado a hablar de este día perfecto. Incluso le pedí a Gerardo que rescatara la botella vacía del cubo de la basura, para fotografiarla y rendirle el tributo quasi religioso que se merece como catalizador de emociones. Gracias a ella he entendido que los viajes en el tiempo son posibles.



35 Comentarios

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  2. Tu lo has dicho, de lo más «jondo» me ha salido 😉

    También estoy de vacaciones, y eso ayuda a que me relaje un poco más. Y a mi hermana la veo de pascuas a ramos.

    Los astros conspiraron para que fuese una noche perfecta 😀

  3. La entrada me ha encantado, una noche así no tiene precio y me ha llenado de envidia sana. Sólo me gustaría recalcar un pequeñito detalle. Otazu es un caldo navarro, no riojano. Es un detalle poco importante, pero como ando lejos de mi tierra, no puedo evitar recordarle a todo el mundo lo que viene de Navarra.

  4. Lo que son las cosas, a mi me embargan aproximadamente los mismos recuerdos que a ti, pero leyendo tu articulo, aunque aplicado 150 km más al sur…
    De lo cual deduzco, por otro lado, que los que nacimos con los 70 somos muy parecidos.

    Excelente artículo.

    PS: Vaya carina se nos quedó con lo de España, si…

    1. ¿Eres de León Asprogen? En tal caso ¡qué gran morcilla! Por no hablar de la cecina. A ver cuando me escapo al Húmedo, echo de menos las sopas de ajo y la increible atmósfera de la Bicha.

    1. Lo siento, el secreto del chiste del «carchuto» y la anécdota del cordero de Motril (que a pesar de 20 horas en el horno permaneció más duro que el caracter de Margaret Tacher) se fueron a la tumba con mi abuelo Constante 😉

      1. Soy de León, si, aunque vivo fuera de España. Yo tambien ando con ganas de ir al Humedo, o si no por la zona de la antigua facultad de Veterinaria, que hay tambien unos bares que dan unas tapas queeee…

        Por cierto, mi abuelo tambien contaba el chiste del «carchuto», que era algo parecido a aquellas «aventuras de los payasos» que ponian en la tele… que risas, que risas…

  5. Mira que eres… que me he emocionao…
    Todavía con morriña asturiana, me pongo a leer esto y claro se me cae la lagrimuca, prestome mucho fio! Ay que rico estaba el vino, y que grande era Constante!!

    Carmen

    1. Cosecha del 71 😉 Por cierto que en este post he vertido los primeros recuerdos de infancia. A los 5 años nos trasladamos a Avilés y casi no me quedan vivencias de la época anterior, cuando vivíamos con mis abuelos en el Alto Vidriero. Todo lo que recuerdo son historias inconexas, como la del perro que se me escapó la primera vez que le sacamos del patio para pasearlo por la calle con correa (pegó un tirón y se me escapó, supongo que fue mi primer trauma) o la de la gente jugando a la rana metálica.

      También recuerdo a un vagabundo llamado Camino que venía cada 2 semanas a afeitarse al aseo del bar. Mi abuelo le dejaba una maquinilla eléctrica vieja y un cortauñas y el hombre se iba siempre de lo más agradecido.

      También recuerdo a un vecino muy cariñoso (vivía en frente del bar) que se apellidaba Amigo y que siempre tenía algun detalle conmigo. Se murió un día de repente y cuando me enteré recuerdo haber cruzado la calle para ir a preguntarle a su mujer si era verdad que no volvería por el bar. ¡Su cara fue un poema!

      En fin, este post ha sido algo especial. Me ha removido por dentro :’-(

  6. Jek, es cierto que «bai» significa «sí» y «gorri» significa «rojo», pero el apellido Baigorri que da nombre al vino (del bodeguero Jesús Baigorri) no viene de ahí, sino de «ibai gorria» (río rojo).

    Y sí, Maikelnai, «Baigorri es simplemente un apellido vasco», pero por lo general los apellidos vascos suelen tener un significado concreto, a menudo relacionados con lugares (valles, ríos, montes, caseríos…).

  7. Parece que estás hecho todo un poeta… Y me has traído recuerdos también de la niñez (que también era parecida, a pesar de que no soy de los 70). Especialmente lo del pantalón a cuadros, las historias del abuelo (la abuela en mi caso), o los prados que ahora ya no existen. No creo equivocarme si digo que Asturias es la única comunidad en la que no he estado. Y siempre he querido corregir esta desgracia, pero nunca me ha venido a mano. A ver cuando puedo, ganas no me faltan, y ahora aún menos…

  8. Coño fue leer «La Bicha» y me dije, no será el bar del Humedo. Por dios la de bocadillos, tapas, raciones de morcilla que han caido en ese bar.

  9. Me imagino que todos los que nacimos, allá por los 70 tenemos recuerdos similares. Gracias por hacerme recordar el mágico olor de la conina del bar de mi abuela, los vestidos bordados con nido de abeja que odiba ponerme en verano porque parecía que llevabas una placa de acero en el pecho. En fin, que me has permitido a través de tu historia rememorar la mía propia.
    Deberías dedicarte a escribir, se nota que lo haces muy bien.
    Enhorabuena!!!!

  10. Muy bonito, a mi tambien me ha hecho recordar tus palabras. Me alegro que intentes dejar de fumar, espero que lo consigas. Saludos pronto nos veremos.

  11. Qué buen post. Me ha encantado, de verdad.
    Llevo 2 años y medio sin fumar, después de haber estado haciéndolo durante 23 años y los últimos fumando 2 cajetillas diarias. Merece la pena, merece mucho la pena dejar el estúpido vicio y dar paso a la limpieza, al buen olor, al respirar profundamente, a las mañanas sin toses, a la independencia…. a tantas cosas que esconde el humo del tabaco.

  12. Hola! Qué familiar me suenan esos recuerdos. Yo vivía en Alto Vidriero y mi padre iba habitualmente a «Casa Constante» a tomarse un «chato» de vino. Yo alguna vez le acompañaba, e incluso alguna vez estuve jugando en el patio del bar. Te hablo de mediados de los 70. Qué tiempos aquellos tan felices…
    Un saludo.

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Por maikelnai
Publicado el ⌚ 27 junio, 2009
Categoría(s): ✓ Personal