Por qué nunca deberías besar a una rana

besar una rana ¿Quién no ha escuchado historias de perros u otros animales que han muerto tras comerse a un sapo? Incluso es posible que hayais oído relatos de animales que han aprendido a lamer sapos para disfrutar de los efectos alucinógenos. Es más que probable que el trasfondo de realidad que hay detrás de todo cuento, explique por qué las princesas que se atrevieron a besar a un sapo terminaron por “ver” príncipes en lugar de batracios. ¿La razón? La piel de las ranas y sapos que pertenecen a la familia bufonidae, contiene unas extrañas toxinas.

Estos compuestos químicos, llamados bufotoxinas, han evolucionado probablemente para disuadir a los depredadores, pero también podrían tener otras utilidades, incluso en medicina. El Bufo gargarizans, un especie asiatica de sapo, produce una sustancia que podría incluso ser útil en el tratamiento de ciertos cánceres. Según un estudio de 2011, este sapo produce una sustancia entre cuyos efectos se incluyen: “actividad antitumoral significativa incluyendo la inhibición de la proliferación celular, inducción de la diferenciación celular y la apoptosis, interrupción del ciclo celular, inhibición de la angiogénesis del cáncer, revocación de la resistencia a múltiples fármacos, y regulación de la respuesta inmunológica”.

Se han empleado otras bufotoxinas para tratar enfermedades que afectan a los caballos y al ganado bovino. En el pasado, se estudiaron las bufotoxinas de forma individual, pero no había un compendio único de investigación sobre todas ellas. Roberto Ibáñez, un científico que trabaja para el Instituto de Investigación Tropical Smithsonian en Ancón, Panamá, es coautor de un trabajo publicado en la revista Journal of Ethnopharmacology, que ha unido todos los trabajos actuales realizados sobre bufotoxinas. Ibañez ha ayudado a identificar 47 especies de ranas y sapos empleados en medicina tradicional, centrándose especialmente en 15 especies pertenecientes a la familia bufonidae.

Pero uno nunca sabe si su trabajo llegará a perderse algún dato vital, puesto que mientras que investiga las poblaciones de muchas de esas ranas y sapos están reduciéndose notablemente.

Podéis leer más sobre el trabajo de Roberto Ibáñez en la web Smithsonian.com.

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