Courtney Dressing, estudiante de posgrado en el Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica, cree que nuestro sistema solar no es tan único como algunos podrían pensar. De hecho, un nuevo trabajo del que es coautora sugiere que los planetas similares a la Tierra podrían ser mucho más comunes de lo que imaginábamos. Dressing, y su colega David Charbonneay de la Universidad ed Harvard, están tan convencidos de la falta de originalidad de planetas como el nuestro, que hasta se han atrevido a dar una receta química (a imitación de una culinaria) para crear mundos habitables.
La estrategia para el estudio en el que basan su receta se centró en estudiar, durante los dos últimos años, una serie de exoplanetas con diámetros inferiores a 1,6 veces el de la Tierra, poniendo el énfasis en calcular su masa y volumen. Lo cierto es que la muestra de los exoplanetas estudiados no fue muy amplia (solo cinco), pero por lo que cuentan ambos autores, el análisis se hizo a conciencia. Tras acabar, compararon sus datos con lo visto en nuestro sistema solar (Venus y la Tierra, por ejemplo).
Así fue como descubrieron que todos los planetas mostraban una estrecha relación entre la masa y el tamaño, con lo cual llegaron a la conclusión de que los mundos rocosos alienígenas deben tener composiciones similares a la de los del Sistema Solar. Mal no lo han debido de hacer, porque su trabajo ha sido aceptado para publicación en The Astrophysical Journal (podéis ver aquí el preprint).
¿Te atreves a seguir su receta para construir un mundo habitable? En ese caso lee:
1 taza de magnesio
1 taza de silicio
2 tazas de hierro
2 tazas de oxígeno
½ cucharadita de aluminio
½ cucharadita de níquel
½ cucharadita de calcio
¼ de cucharadita de azufre
Una pizca de agua entregada por asteroides
Mézclalo bien en un bol grande, forma una bola redonda con las manos y colócala cuidadosamente en un área de la zona habitable alrededor de una estrella joven. No dejes de mezclar. Caliéntalo hasta que la mezcla se convierta en una bola caliente de color blanco brillante. Hornéalo durante unos pocos millones de años. Enfríalo luego hasta que el color cambie del blanco al amarillo y al al rojo, y se forme una costra de color marrón-dorada. Ya no dejes que emita más luz. Sazónalo con un poco de agua y compuestos orgánicos. Se encogerá un poco a medida que el vapor escape y se fomen nubes y océanos. Hazte a un lado y espera unos cuantos millones de años para ver qué pasa.
Si tienes suerte, en la superficie de tu nuevo mundo podría aparecer una cubierta delgada de vida.
Aparentemente la receta es tan sencilla que le dan ganas a uno de jugar a ser una deidad ¿Verdad?
Me enteré leyendo la web del Centro de Atrofísica de la Universidad de Harvard.


Muy interesante. Tengo que ponerme a ello cuando disponga de tiempo..
Y el Nitrógeno?
Difícil será que se forme vida tal como la conocemos sin nitrógeno.