plátanos para monos Leyendo esta tarde en Cracked una selección de creencias que sorprendentemente resultan ser falsas, he descubierto que en Estados Unidos, allí donde la regulación permite comer alimentos transgénicos, también existen personas que creen que son peligrosos y que en realidad la mortandad y la incidencia de cánceres debe por tanto ser mucho mayor en Norteamérica que en Europa. Nada de eso, la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos no ha encontrado nada que indique que los índices de enfermedad se hayan incrementado en relación con Europa. ¡Punto para Mulet!

Imagen vista en Chaosgrenade.com
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Cada semana me dejo caer por Straightope para leer algunas de las interesantes respuestas que el mordaz Cecil Adams dedica a sus lectores. En mi blog os he resumido múltiples post de esta veterana columna, publicada por un gran número de periódicos en papel a lo largo de Estados Unidos, y esta semana haré lo propio con un tema que me ha fascinado desde niño. ¿De verdad existen cocodrilos viviendo ahora mismo en las alcantarillas de Nueva York? Doy por hecho que no, que se trata de una leyenda que ha trascendido al tiempo a pesar de su – a todas luces – inviabilidad. Pero… ¿Cómo nació esa leyenda y por qué ha hecho fortuna?

botellas agua oxigenada ¡Ah el agua oxigenada! Esa sustancia llamada químicamente peróxido de hidrógeno cuyo botecito blanco reposaba en las vitrinas/botiquines de nuestros padres, haciendo juego con el alcohol. Aparte de la aceitera y la vinagrera, los hogares de España no han conocido jamás una pareja tan bien avenida. Luego estaban los padres “nivel expert” con masters en reparación de rodillas y codos de crío rebelde, que podían tener además frasquitos de yodo (alias Betadine) y mercromina en sus alacenas, pero el alcohol y el agua oxigenada eran omnipresentes. Había quien juraba que te los daban con el libro de familia.

Serpiente del faraón Desde niño la química me resulta fascinante. Nunca me regalaron un Quimicefa, razón por la que probablemente sigo vivo a día de hoy, pero me siguen dejando con la boca abierta los resultados de algunas reacciones “de artificio”. El ejemplo perfecto fue aquel post de 2007 en que os contaba lo que sucedió cuando el ejército estadounidense arrojó 9 toneladas de sodio al agua de un lago en 1940.