Las consecuencias inesperadas de la plaga de ratas de Hanoi

Imagen de 1902  del barrio europeo de Hanoi
Imagen de 1902 del barrio europeo de Hanoi

En economía, se habla de un efecto cobra cuando al intentar encontrar la solución a un problema, este en realidad lo empeora. Parece ser que el ejemplo con el que las facultades económicas de medio planeta ilustran este efecto, que suele darse en sistemas complejos, poco tiene que ver con las cobras, sino con las ratas.

Todo comenzó en la capital de la Indochina francesa (hoy Vietnam), Hanoi, que era la perla del colonialismo galo a finales del siglo XIX y principios del XX. En 1897, Francia envía a Paul Doumer como gobernador de Hanoi, donde entre otras cosas se encarga de construir infraestructuras modernas para los colonos franceses. Así, se levantan avenidas arboladas flanqueadas por señoriales casas coloniales, que contaban con todas las comodidades europeas de la época, incluyendo un baño con su oportuno inodoro. Obviamente aquello obligó a construir una red de alcantarillado de unos 14 kilómetros de longitud.

Y sucedió lo impensable. Las ratas descubrieron un habitat maravilloso en el que reproducirse lejos de los gatos y demás depredadores de la superficie, y pronto prosperaron por centenares de miles, trayendo con ellas las pulgas, las enfermedades y finalmente la temida peste bubónica.

Paul Doumer contrató entonces a cazadores profesionales de ratas, a los que pagaba un céntimo por cada cadáver de roedor. Los métodos de caza (desconocidos por desgracia) se fueron perfeccionando hasta el punto de que el 21 de junio de 1902 se alcanzó el record de capturas: 20.112 ratas en un solo día.

Pero finalmente el gobierno de la colonia llegó a la conclusión de que incluso con un pequeño ejército de cazadores de ratas bien remunerados, la población de roedores seguía siendo insoportablemente grande.

¿Qué hacer? Llamar a filas a los propios colonos, gente emprendedora que recibieron encantados la opción de poder sumarse a la oferta de 1 centavo por rata capturada. Para hacer el conteo y el pago más sencillo, los funcionarios a cargo del gobernador Doumer decidieron que bastaría con recibir únicamente la cola de la rata para pagar la captura, lo que evitaba el engorroso (y antihigiénico) proceso de manejar cadáveres completos.

Este “plan B” parecía estar funcionando bien, pero entonces los funcionarios coloniales comenzaron a divisar por toda la ciudad miles de ratas vivitas pero no “coleando”, ya que alguien se la había amputado. Pronto comprendieron que los cazadores de ratas preferían cortar la valiosa cola de rata y liberar al animal vivo, que de este modo se reproduciría y mantendría activo el negocio, a matarlo y acabar así con la gallina de los huevos de oro.

Un poco de investigación extra reveló que los aldeanos de los alrededores de Hanoi traían a ratas de lugares alejados de la ciudad para comerciar con ellas. En última instancia, los funcionarios franceses se vieron obligados a finalizar la política de “abono por cola de rata” al descubrir granjas de cría en las afueras de la ciudad.

Las ratas terminaron por quedarse más tiempo que los franceses, cuyo protectorado apenas duró 40 años. Por lo que puedo leer, cuando finalizó la época de la “masacre de las ratas” (como se conoce a aquel episodio histórico hoy en día), los roedores continuaron reproduciéndose de forma exponencial, provocando varios brotes de peste bubónica. Uno de ellos en 1906 dejó 263 muertos.

En el fondo este episodio es un ejemplo aleccionador de la arrogancia de la modernidad. En ocasiones ponemos tanta fe en la ciencia y la razón, y en que nuestra industria nos permitirá encontrar soluciones a todos los problemas, que nos negamos a ver las evidencias que a todas luces indican que en realidad lo estamos empeorando.

Otro ejemplo claro de este racionamiento fallido lo encontramos con la invención de la ametralladora, arma que en primera instancia se creyó que contribuiría a acortar las guerras con su potencia destructora. La Primera Guerra Mundial se encargó de echar por tierra esta idea.

¿Qué fue lo que aprendimos en Hanoi? Que los cuentos no existen. La naturaleza y la picaresca humana se encargaron de matar al Flautista de Hamelin.

Me enteré leyendo Atlasobscura.


2 Comentarios

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Juan Antonio

Un bonito ejemplo de la “paradoja del cristalero” que se estudia en economía: Es imposible intervenir de manera efectiva en la economía porque no se pueden​ conocer con exactitud las consecuencias de la intervención.
Desde las licencias de transporte público como inversión al la introducción de errores en el software para cobrar por su resolución… Hasta el comercio con ratas para cobrar por su “exterminio”. La historia está llena de ejemplos.

Y sin embargo seguimos pensando que alguien que es más o menos igual de inteligente que nosotros tiene la capacidad de saberlo todo y poder arreglarlo solo porque “está arriba”. Curioso

EvaSecret

La Vida del Buscón en clave vietnamita. Imagino que el baño de humildad e incredulidad de las autoridades fue de escándalo.

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