Científicos logran “enamorar” artificialmente a roedores

Pareja de topillos de la pradera Las hembras de los topillos de las praderas (Microtogus ochrogaster) se enamoran de por vida. La naturaleza ha configurado sus cerebros de tal manera, que en presencia de cierta clase de machos y en el momento correcto, se genere una especie de lazo de emparejamiento que dura “hasta que la muerte los separa”. Es algo tan inapelable como la impronta que hace que un pollito siga al primer animal que ve tras romper el cascarón.

Pura neurociencia, y de verdad que lo siento por todos aquellos que vean algo romántico en todo esto del emparejamiento de por vida en estos animales. Lo cierto es que la actividad neuronal que se da en este neuro-proceso de “enamoramiento” no solo es rastreable, sino que a partir de ya incluso es “replicable” de forma artificial . En otras palabras, los científicos acaban de descubrir cómo convertirse en Cupido activando ciertos circuitos en los cerebros de las hembras de estos roedores, sea quien sea el macho que les pongan delante.

Previamente los investigadores habían instalado electrodos en el cerebro de las hembras de topillo para identificar los circuitos que se activaban cuando una hembra se emparejaba de por vida. Así fue como descubrieron que las conexiones en un circuito específico se hacían más fuertes justo después del emparejamiento y cada vez que la pareja se juntaba.

Una vez identificado el “circuito del amor” fueron capaces de idear un modo que les permitía activarlo por sus propios medios empleando una técnica llamada optogenética. Básicamente esta técnica consiste en insertar genes en las neuronas del cortex prefrontal que hace que las neuronas se conecten cuando se ven expuestas a la luz. Para iluminar estas neuronas a modo de interruptor, envían pulsos de luz al cerebro a través de una fibra óptica muy fina.

Al final no se pierde del todo la poesía. Las hembras realmente “ven la luz” cuando el que será su pareja para siempre se presenta ante sus ojos. Seguramente los topillos de las praderas feos, jorobados y con halitosis, muevan el rabillo la mar de contentos con este descubrimiento.

Esperemos que el proceso no sea extrapolable a humanos, de lo contrario habremos dado por fin con el filtro de amor que los antiguos libros de brujería se afanaban en encontrar. ¿Quién leerá a Bécquer entonces?

El hallazgo se lo debemos a un equipo dirigido por Robert Liu de la Universidad Emory en Atlanta, Georgia, y acaba de publicarse en Nature.

PD. El amigo Peláez ya nos había hablado de la optogenética en Recuperan memorias perdidas en ratones mediante optogenética.

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