Corazón ingrato, la napolitana neoyorquina que enamoró a Caruso

Hace meses que mis padres, viajeros y amantes de la cultura, planificaron con detalle su visita a Nueva York, donde el plato fuerte iba a ser escuchar al gran tenor Jonas Kaufmann, que actuaría en el Metropolitan. Lamentablemente un problema de salud le obligó a cancelar su interpretación en el rol de Chevalier des Grieux en la ópera “Manon Lescaut” de Puccini. Imagino su disgusto, aunque seguramente cuando escuchen al gran Roberto Alagna, que es quien le sustituye, salgan igualmente encantados de uno de esos templos de la lírica que aspiro a conocer en persona algún día, si la salud y la economía me lo permiten.

Me vais a permitir que hoy hable un poco sobre esta pasión mía, que me acompaña desde la adolescencia por culpa de una de esas colecciones “tontas” que anuncian cada septiembre, y que casi obligué a mi madre a comprar. Yo tendría unos 18 años, ya disfrutaba con la música clásica, pero la ópera no se había abierto hueco aún en mis entrañas. Aquella colección de Grandes Óperas quincenales se inició con un “Carmen” de Bizet memorable por parte de la gran Montserrat Caballé, y de aquellos polvos estos lodos…

Pero en los recitales de las figuras del belcanto no todo son composiciones de grandes autores como el citado Puccini, Verdi, Rossini, Donizzetti, Bellini, etc. También hay siempre canciones populares hermosísimas que han terminado por encontrar su hueco en el repertorio de los grandes. Ahí está “Granada” de Agustín Lara, escrita en castellano, y algunas perlas escritas en dialecto napolitano, como la celebérrima “Funiculí Funiculá” con música de Luigi Denza y letra de Peppino Turco, compuesta para la inauguración del primer funicular que ascendía al Vesubio en 1880. ¿Quién no se ha dejado llevar alguna vez por la alegría contagiosa de su estribillo?

Tal vez la más famosa canción napolitana de todos los tiempos sea “O Sole mio”, compuesta en 1898 por Eduardo di Capua y con letra de Giovanni Capurro. Nada nuevo se puede decir de un tema que forma parte de la cultura popular de ocidente y versioneada hasta la saciedad por toda clase de intérpretes, entre los que (mi pasado rocker me traiciona) destaca el mismísimo Elvis Presley y su It’s now or never.

Sin embargo hay una canción napolitana que de siempre me ha dejado sin respiración, aunque tal vez no sea tan universalmente conocida como las dos anteriores, y es de ella sobre la que quiero escribir hoy unas líneas. Se la conoce por “Core n’grato” aunque también por la primera línea de su letra “Catarì, Catarì”, que no deja de ser una llamada desesperada a Caterina, el corazón ingrato al que va dedicado este canto de desamor, escrito en Estados Unidos en 1911 por el emigrante calabrés Alessandro Sisca y musicalizado por Salvatore Cardillo.

Se sospecha que el tema pudo ser un encargo de mismísimo Enrico Caruso (de quien se conserva grabación), aunque lo que es seguro es que fue este mito de la historia de la ópera quien, al adoptarla en sus recitales, la hizo famosa en todo el planeta música. Desde entonces ningún gran tenor se ha resistido a sus encantos; por citar a algunos: Beniamino Gigli, Tito Schipa, Giuseppe di Stefano, Luciano Pavarotti, Plácido Domingo, José Carreras, y (de la nueva quinta) los antes citados Jonas Kaufmann y Roberto Alagna.

La letra en napolitano de esta apasionada oda al amor no correspondido dice:

« Catarì, Catarì, Pecchè me dice sti parole amare, Pecchè me parle e ‘o core Me turmiente Catari?

Nun te scurdà ca t’aggio date ‘o core, Catarì Nun te scurdà!

Catarì, Catarì, che vene a dicere Stu parlà, che me dà spaseme? Tu nun ‘nce pienze a stu dulore mio Tu nun ‘nce pienze tu nun te ne cure

Core, core ‘ngrato T’aie pigliato ‘a vita mia Tutt’ è passato E nun ‘nce pienze cchiù!

Catarì, Catarì, Tu nun ‘o saie ca ‘nfin ‘int’a ‘na chiesa Io so’ trasuto e aggio priato a Dio, Catarì E l’aggio ditto pure a ‘o cunfessore: I’ sto a suffrì Pe’ chella llà!

Sto a suffrì, Sto a suffrì, nun se po’ credere, Sto a suffrì tutte li strazie! E ‘o cunfessore ch’è persona santa, M’ha ditto: Figlio mio, lassala sta’, lassala sta’

Core, core ‘ngrato T’ aie pigliato ‘a vita mia Tutt’ è passato E nun ‘nce pienze cchiù! »

Que podríamos traducir como:

Catarí…Catarí ¿Por qué me dices estas palabras amargas? ¿Por qué me hablas y me atormentas el corazón? Catarí

No te olvides que te he dado el corazón, Catarí ¡No te olvides!

Catari Catarí, por qué vienes a decir estas palabras que me dan dolor? Tú no piensas en este dolor mio tú no lo piensas. Tú no tienes corazón.

Corazón, corazón ingrato. Te has llevado mi vida todo es pasado y no lo piensas mas.

Catarí… Catarí tú no sabes que he ido a la iglesia he entrado y he rezado a Dios Catarí y le he dicho tambien al confesor “que estoy sufriendo por ella”..

Estoy sufriendo estoy sufriendo y no se puede creer estoy sufriendo todas las desgracias y el confesor que es una persona santa me ha dicho: “hijo mío, déjala estar, déjala estar..”

Corazon, corazón ingrato te has llevado mi vida todo es pasado y no lo piensas más”.

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Escrita en Nueva York, por desgracia no se conoce mucho de la identidad de la Catarina real que rompió el corazón de su compositor, inspirando esta hermosura de tema en la que la desesperación del intérprete va creciendo a cada verso, hasta romperse en el climax final. Los que entienden de esto de la ópera afirman que nadie ha alcanzado jamás la perfección y la elegancia que Caruso le profesaba a esta napolitana, y es que “el más grande” se enamoró perdidamente de Core n’grato desde que lo escuchó por primera vez. Curiosamente es la única canción napolitana que triunfó antes en el extranjero que en la ciudad del Vesubio. Como nota discordante se dice que Cardillo, su coautor, renegó toda la vida de ella, por considerarla una “porquería”, casi un error impropio de alguien que escribía óperas.

¡Ironías de la vida! A día de hoy es la única composición de Cardillo que se recuerda, lo cual podría dar para escribir un post sobre autores que repudian una obra propia a causa del enorme éxito de la misma. Si algún día lo hago sin duda tendría que hablar de Alan Alexander Milne, a quien hoy conocemos casi exclusivamente por Winnie de Pooh, personaje al que acabó odiando.

En fin, perdonad por la digresión, hoy no tenía ganas de hablar de ciencia. 😉


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