De como Perkin se hizo de oro por casualidad “criando malvas”

En 1856, mientras el joven William Perkin estudiaba en la universidad, su profesor de química orgánica le pidió que realizara algunos experimentos para intentar descubrir una formula con la que sintetizar la quinina, una sustancia natural muy cara que se empleaba para tratar la malaria. El imperio británico perdía muchos hombres en la India y en otras colonias a causa de esta enfermedad.

En uno de aquellos intentos, Perkin exploró la vía de la oxidación de la anilina, pero el experimento le salió fatal, y un precipitado sólido negruzco acabó pegado al fondo del matraz. Al intentar despegar aquella cosa del cristal empleando alcohol en la limpieza, el joven de 18 años se dio cuenta de que obtenía una sustancia de intensa tonalidad púrpura.

Cualquier otro alumno menos perspicaz, no le habría dado ninguna importancia al hallazgo accidental, pero Perkin era un chico espabilado, y sabía que vestir de púrpura era algo que sólo estaba al alcance de las clases más pudientes. Y es que hasta entonces el tinte con el que se teñían las prendas de este color, se obtenía a partir de sustancias naturales realmente escasas y por tanto carísimas. Prueba de la exclusividad y prestigio que el malva aportaba a los aristócratas la encontramos en la antigua Roma, donde las túnicas de los senadores eran de este color. Para conseguirlo, se valían de la mucosidad de una caracola marina de la especie Murex brandaris.

En un ejemplo clásico de serendipia, Perkin convirtió su fracaso inicial en todo éxito y de paso inventó el primer tinte sintético de la historia. Gracias a la sustancia química que descubrió, y que hoy conocemos como púrpura de Perkin en su honor (o malveína), todo el mundo pudo acceder a ropas de un color hasta entonces al alcance sólo de la realeza. Como muestra del poderío tecnológico de los británicos, la mismísima Reina Victoria de Inglaterra se presentó en 1862 a un acto público con una prenda malva de grandes dimensiones teñida con la púrpura de Perkin.

El joven químico vendió su tinte a fábricas de todo el país ganando una fortuna, y su uso se hizo de lo más común en todo el siglo XIX provocando una especie de frenesí por el color malva. Además, su historia tuvo un estupendo efecto secundario de interés científico, ya que provocó una ola de experimentación en toda Europa. Durante la siguiente década se descubrieron muchos otros colorantes sintéticos, lo cual dio alas a la industria de la moda.

Por fin, los humanos, pudieron vestirse con cualquier color imaginable. La democracia cromática llegó para quedarse.

Me enteré leyendo Echo.

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