Diálogo de Carmelitas, o siempre hay víctimas inocentes…

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Creo que ya os lo había dicho, soy un afortunado, amo la ópera y a pesar de mi sueldo de mileurista puedo asistir cada año – desde el gallinero – a la temporada en el ovetense Teatro Campoamor (gracias a la inestimable ayuda económica de mi madre). Ayer mismo, unos cuantos miles de aficionados, entre los que me encontraba yo y un tal Jose Luis Rodriguez Zapatero (su esposa Sonsoles era una de las carmelitas ajusticiadas) hemos podido asistir al estreno de la temporada anual de la mano de Poulenc y sus Diálogos de Carmelitas. La ópera, completamente desconocida para mi a pesar de la extensa documentación que puede encontrarse sobre ella en Internet (confieso mi ignorancia y pido clemencia), empezó con un demasiado largo y monótono primer acto (a excepción de la alegre escena de la plancha con Constanza y Blanca y la trágica escena de la muerte de la priora), pero concluyó de una de las maneras más efectistas, impresionantes y conmovedoras que cualquier aficionado al bel canto pueda contemplar sobre un escenario.

Yo, que presumo de ateo militante, he de reconocer haber finalizado la función emocionado y al borde del llanto ante la escenificación final del pase por la guillotina de estas dieciseis monjas, culpables únicamente de no haber huído cuando pudieron, de no haber escapado entre la multitud exarcebada que recorría las calles de Francia en aquellos históricos momentos de la revolución. A cada aterrador estruendo de la bajada de la guillotina (la primera realmente te hace saltar del asiento), cada vez que la cuchilla hacía que una de la voces de las hermanas dejara de entonar ese maravillosamente compuesto “Salve Regina”, comprendía yo aturdido el innegable peso histórico, artístico y cultural que la religión cristiana ha tenido en Europa. Puede – o al menos eso quiero creer – que el cristianismo ya no tenga aquel peso en nuestras vidas, pero cualquiera que trate de inventar una historia del continente obviando su presencia, no hará otra cosa que mentirse a si mismo y faltar a la verdad.

El vídeo que os muestro, representación fiel de lo que ayer vi en el Campoamor, ilustra perfectamente el dramatismo escénico de ese acto final, inspirado por cierto en un hecho real. No quisiera concluir este breve homenaje a esta obra maestra sin recordar a los eternos perdedores, aquellas víctimas inocentes a las que muchos consideran el “precio inevitable a pagar”, aquellas cuyo único delito fue estar presentes durante el convulso momento que les tocó vivir. Muy a su pesar, su recuerdo yace sepultado por el inexorable peso – injustamente simplista – del “bien mayor” que aquellos acontenicimentos trajeron para la humanidad. Y al mencionar esto, es imposible que a uno no se le vengan a la cabeza las víctimas del bombardeo de Dresde, o a las de Hiroshima y seguramente tantos otros que no logro recordar. El mundo puede ser mejor ahora de lo que amenazaba con ser entonces, pero esto no es ningún consuelo para los que pagaron con su vida el precio del bienestar actual.

En fin, que no quiero ponerme más profundo, pero si tenéis la oportunidad de acudir a ver esta ópera, no os la perdáis; ese segundo y tercer acto merecerán el sacrificio.

10 Comentarios

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Ness

Una pena que no ande por mi tierra, sino a lo mejor también me acercaba a Oviedo a ver la ópera después de la recomendación que haces.

Rubén

Pues voy a ver si todavía se puede. No soy especialmente forofo del Bel Canto. Pero después de leerte, creo que vale la pena. Es más, ahora mismo me voy a pasar por el centro, y voy a ver si todavía quedan entradas. Si así fuera, le voy a dar una estupenda sorpresa a mi mujer cuando regrese a casa.

Por cierto, yo también soy lector asiduo y suscrito desde hace tiempo. Felicidades por este gran trabajo y saludos.

josemjosem

Sí, la obra en sí tiene dos atractivos, uno la parte musical con un primer acto que es largo y si no eres muy aficionado a la lírica puede aburrir, y una segunda parte en la que la escenografía y las entradas de coro y figurantes te llevan en volandas hasta el final que es impactante. Como nota al finalizar se hizo un silencio intenso, el público quedó conmovido y los aplausos no fueron inmediatos, es una obra intimista que trata sobre el martirio, en este caso de unas monjas, pero el martirio es el mismo siempre para las víctimas.

davitidaviti

La revolución francesa sentó las bases para los totalitarismos europeos, no creo que pueda nadie consolarse con ningún “bien mayor”.

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